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Una carta de amor al chiltepín: el oro rojo del desierto que se sirve en Phoenix

  • Foto del escritor: Jaydee Turru
    Jaydee Turru
  • 15 ene
  • 2 Min. de lectura
Foto: tomada del Instagram de @bacanoraphx
Foto: tomada del Instagram de @bacanoraphx

Hay ingredientes que no solo pican el paladar, sino que despiertan la memoria. El chiltepín es uno de ellos. Pequeño, silvestre y feroz, este chile —al que muchos llaman el oro rojo de Sonora— es el hilo invisible que conecta generaciones, territorios y cocinas. Para el chef René Andrade, ganador del James Beard Award 2024 como Mejor Chef del Suroeste y mente detrás del restaurante Bacanora, el chiltepín no es un ingrediente: es un origen.


René creció en Nogales, Sonora, recolectándolo a mano, siguiendo los pasos de su abuela y aprendiendo que la cocina empieza en la tierra. Hoy, ese mismo gesto ancestral se transforma en platos que cuentan historias en Phoenix, una ciudad donde el desierto no solo se mira, también se prueba. En Bacanora, cada receta habla de familia, de fuego y de legado, con el mezquite como idioma y el chiltepín como acento.


Foto: cortesía Phoenix Tourism, chef René Andrade
Foto: cortesía Phoenix Tourism, chef René Andrade

La cocina sonorense en Phoenix va más allá de etiquetas. No es solo “mexicana” ni “del suroeste”: es una forma de cocinar guiada por el terroir del desierto de Sonora. Aquí, los chefs reinterpretan ingredientes autóctonos —chiltepín, tuna, frijol tépari, maíces y trigos tradicionales, nopales, brotes silvestres— y los llevan a tacos, pastas, parrillas, coctelería y hasta postres. Es una cocina viva, en constante evolución, que honra lo que crece bajo el sol implacable del desierto.


En Bacanora, ubicado en Grand Avenue, el humo del mezquite envuelve carnes asadas al estilo sonorense, pulpo a la parrilla y vegetales que saben a paisaje. Cada plato es un recordatorio de que Phoenix y Sonora comparten más que frontera: comparten alma.


Porque cuando un chiltepín estalla en la boca, no solo arde. Cuenta una historia. Y en Phoenix, esa historia se sirve caliente, auténtica y profundamente emocional, como le gusta a la tierra y como la cocina —la buena— siempre debería ser.

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