Road Trip: El viaje empieza antes de salir
- Jaydee Turru

- hace 8 horas
- 2 Min. de lectura

Parte I
Elegir un road trip para disfrutar unas vacaciones largas es, para mí, una de las formas más honestas de viajar. Es permitirte descubrir lugares que visitas por primera vez y regalarte el asombro. No es algo nuevo: la humanidad lo ha hecho desde siempre. Tal vez no sobre ruedas, pero sí sobre cualquier medio que nos acercara a lo desconocido. Barco, avión, coche o a pie… la emoción no se disuelve; crece con cada paso, con cada kilómetro.
Esa emoción de descubrir lo soñado, esa curiosidad que alimenta el alma y no permite dejar de imaginar, es la que te impulsa a querer ver con tus propios ojos lo que antes solo existía en palabras. Ninguna descripción se compara con la experiencia de pisar la tierra donde ocurren las historias, donde cada instante convierte al viaje en algo mágico, memorable e imposible de explicar del todo.
Todo comienza en casa. En la imaginación. Pensando con quién viajarás, a dónde irán y por cuánto tiempo. A veces toma meses, incluso un año, pero lo verdaderamente importante es atreverte a hacerlo realidad.

Claro, cada país tiene reglas, restricciones y beneficios —como el tax free— que conviene conocer. Pero dejemos eso a un lado por un momento y vayamos a lo esencial: aquello que encuentras en el camino y que, en mi road trip por España y Portugal, me dejó literalmente con la boca abierta.
Lisboa fue el destino sorpresa del itinerario. Siempre que viajo me gusta sumar países, y en esta ocasión Portugal se unió naturalmente a España. La cercanía y la facilidad de moverte por la Unión Europea hacen que las carreteras se conecten como si el camino también quisiera compartir destinos contigo.
Si eres un viajero observador, notarás casi de inmediato cuando cruzas de un país a otro. Es como entrar a una nueva película: cambian los colores, los paisajes, incluso el clima. Tal vez sea la emoción la que lo magnifica, pero cuando lo vivas lo entenderás… y me lo contarás después.
Y así, sin darnos cuenta, el viaje deja de ser una línea en el mapa para convertirse en una emoción constante. Las carreteras se alargan, los paisajes cambian y la expectativa crece con cada kilómetro recorrido. El destino aún no se toca, pero ya se siente. Porque antes de llegar, uno ya ha cambiado.
Y es entonces cuando el camino nos entrega la primera certeza: Lisboa no se conquista con prisa, se descubre con los sentidos. Ahí comienza el verdadero encuentro.
Continuará…





















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