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Mérida y el regreso del nekén: la fibra que una vez hizo rico a Yucatán y hoy inspira una nueva forma de viajar

  • Foto del escritor: Jaydee Turru
    Jaydee Turru
  • 9 jun
  • 2 min de lectura

Hay historias que parecían enterradas bajo el polvo del tiempo. En Yucatán, una de ellas vuelve a emerger entre haciendas antiguas, fibras naturales y un renovado interés por las raíces de una tierra que alguna vez movió buena parte de la economía mundial gracias a una planta tan resistente como silenciosa: el nekén, conocido también como henequén, el llamado “oro verde” de la península.


En el marco del evento de K´iiwik, celebrado en Mérida, la conversación giró alrededor de algo más profundo que la nostalgia: el futuro de un material natural que durante décadas definió la identidad económica y cultural del estado, antes de ser prácticamente aniquilado por el auge del plástico, el nylon y los hidrocarburos.


“El plástico enterró la industria”, resumieron expertos durante el encuentro. Y basta recorrer Yucatán para entenderlo. Cientos de antiguas haciendas henequeneras permanecen en ruinas, como vestigios de una época de esplendor que terminó abruptamente cuando las fibras sintéticas comenzaron a dominar el mundo. Lo que antes sostenía economías enteras dejó de ser rentable frente a materiales más rápidos, baratos y fáciles de producir porque el nekén exige paciencia.


La planta, un cactus resistente al sol y al agua salada, necesita hasta seis años después de ser sembrada para ofrecer su primera cosecha. Requiere enormes extensiones de tierra, trabajo especializado y un proceso artesanal que hoy resulta costoso frente a la inmediatez de la producción industrial.


Sin embargo, algo está cambiando. Mientras el planeta enfrenta los efectos de la contaminación y la crisis ambiental, resurgen preguntas incómodas: ¿qué precio estamos pagando por la comodidad? ¿Qué materiales olvidamos demasiado rápido?


Hoy, aunque el henequén sobrevive principalmente con fines artesanales, existe una nueva generación interesada en rescatarlo como símbolo de sostenibilidad, identidad y consumo responsable.


Y no es casualidad que esta conversación ocurra en Mérida, una ciudad que se ha convertido en puerta de entrada hacia una península construida literalmente sobre piedra caliza y agua subterránea. Aquí no hay ríos visibles: hay cenotes.


Formaciones nacidas hace millones de años cuando la península emergió del mar y el agua comenzó a abrirse paso bajo la tierra, creando una red de corrientes subterráneas que hoy siguen siendo uno de los mayores tesoros naturales de Yucatán que son los mágicos lugares que guardan a cada cenote.


A solo unos kilómetros, el puerto de Progreso recuerda otra singularidad del territorio: un mar tan poco profundo que obligó a construir uno de los muelles más largos del mundo, con cerca de ocho kilómetros de extensión, para permitir la llegada de grandes embarcaciones a esta costa plana y luminosa.


Porque Yucatán siempre ha encontrado maneras de adaptarse. Antes lo hizo con el henequén. Hoy lo hace apostando por un turismo cultural, consciente y sostenible, donde las historias del pasado encuentran nuevas formas de contarse.


Quizá el futuro del oro verde no vuelva a medirse en exportaciones millonarias. Tal vez ahora su verdadero valor esté en recordarnos algo esencial: que regresar a lo natural también puede ser una forma de avanzar.

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