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La informalidad ganadora en el mundial futbolero

  • Foto del escritor: René Ávila
    René Ávila
  • 23 jun
  • 4 min de lectura

En un estudio de Jorge Arturo Anglard Martínez Cervantes que se publica en la revista del Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas (IMEF) se revelan los beneficios de la informalidad en el sector turístico y las ventas que giran alrededor de ella durante el Mundial de Fútbol 2026.


Como se sabe y de acuerdo a datos del INEGI, alrededor del 54.5 por ciento de la población ocupada trabaja en condiciones de informalidad. Las tres ciudades sede en el país —Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey— se estima podrían recibir cerca de 800 mil visitantes adicionales vinculados al Mundial de Fútbol y el dinero que gasten no seguirá un camino único ni ordenado hacia el sector formal.


Una parte importante se filtrará hacia redes económicas informales y seminformales que operan en los márgenes del circuito turístico convencional: el puesto de tacos frente al estadio, la ropa deportiva clonada que se vende en varias zonas de la CDMX, Guadalajara y Monterrey y prácticamente en todo el territorio nacional, el cuarto rentado por Airbnb en una colonia o el chofer de aplicación que trabaja sin contrato, entre otros.




Por esta realidad, el análisis de Jorge Arturo Anglard intenta rastrear ese dinero a través del modelo insumo-producto, que si bien refleja, sobre todo, las relaciones del sector formal, es un referente para estimar el impacto en la informalidad y dejar elementos para construir condiciones para que los microemprendimientos que el mundial active tengan alguna posibilidad de sobrevivir después del pitazo final.


Hay algo en el turismo que lo hace particularmente poroso a la informalidad: la naturaleza misma de sus servicios.


Comer, moverse por una ciudad desconocida, comprar un recuerdo, adquirir la playera de la selección de tu país, conseguir un lugar donde dormir; necesidades básicas que no requieren de grandes estructuras empresariales para ser satisfechas. 


Un trabajador con conocimiento local y disposición puede ofrecer todo eso y hacerlo bien, sin un Registro Federal de Contribuyentes (RFC) ni un establecimiento formal.


En las tres ciudades sede se prevé una expansión del comercio ambulante en zonas cercanas a estadios, servicios de movilidad informal, guías turísticos independientes, renta de habitaciones particulares y venta de alimentos en espacios públicos.

 

Vale la pena separar el punto de las plataformas digitales y la economía semiformal del alojamiento del resto, porque Airbnb y plataformas similares representan algo cualitativamente distinto a lo que suele entenderse como economía informal.


No son puestos ambulantes ni servicios clandestinos; tienen precios publicados, reseñas visibles y, en muchos casos, operan dentro de marcos regulatorios al menos parciales. Sin embargo, tampoco son el sector hotelero formal. Son algo intermedio, y esa ambigüedad tiene consecuencias económicas interesantes.


En la Ciudad de México existen entre 26 mil y 30 mil alojamientos activos en plataformas de renta de corta estancia —una capacidad comparable con la oferta hotelera de segmento medio y bajo—.


Durante el Mundial, una fracción significativa de los visitantes optará por esta modalidad, lo que implica que el ingreso turístico se distribuirá de forma más dispersa territorialmente: no solo en los corredores hoteleros del centro o Polanco, sino en colonias como Roma, Condesa, Coyoacán, Doctores o Santa María la Ribera en la Ciudad de México.


Esa redistribución tiene un efecto real sobre el consumo local, porque los huéspedes de Airbnb tienden a comprar en comercios del barrio, comer en restaurantes cercanos y usar servicios de proximidad más que los turistas alojados en grandes hoteles.



El lado problemático de este modelo es que la línea entre lo formal e informal se vuelve muy borrosa. Muchos propietarios operan sin declarar la totalidad de sus ingresos, sin cumplir normativas de uso de suelo o sin pagar las contribuciones que sí paga el sector hotelero.



Esto no significa que el impacto económico sea menor —el dinero circula de todas formas—, pero sí que el Estado captura menos de esa actividad, lo cual es relevante para cualquier evaluación de política pública.


• Ciudad de México absorbería alrededor de 400 mil visitantes con un impacto total cercano a mil 600 millones de dólares.


• Guadalajara contaría con 250 mil visitantes y un impacto próximo a mil millones.


• Monterrey tendría 150 mil visitantes y unos 600 millones de dólares.


El impacto económico del Mundial 2026 para México será, con alta probabilidad, mayor de lo que capturarán las estadísticas oficiales. Las estimaciones convencionales —basadas en el multiplicador y ajustadas por fuga— sitúan el beneficio efectivo entre 2 mil y 2 mil 500 millones de dólares. 

 

Pero esa cifra excluye por definición todo lo que ocurre en la economía informal, que en México no es un margen sino una parte sustantiva del sistema.


Dado que más de la mitad de la fuerza laboral trabaja fuera del registro formal, ignorar ese canal no es un detalle técnico: es omitir el mecanismo de distribución más relevante para los hogares de menores ingresos.


Si entre el 35 y 40 por ciento del gasto retenido circula a través de redes informales —lo cual es consistente con la estructura del mercado turístico mexicano— el ingreso transferido a trabajadores y microemprendedores fuera del registro podría situarse entre 450 y 500 millones de dólares. Invisible en las cuentas nacionales, pero real en las mesas de esas familias.


La informalidad, en este contexto, no es un problema para resolver antes del torneo, es parte de la respuesta económica al evento. El reto más interesante —y más difícil— no es eliminarla, sino construir condiciones para que los microemprendimientos que el mundial active tengan alguna posibilidad de sobrevivir después del pitazo final con acceso a crédito con acompañamiento institucional y una política turística que los vea como actores y no solo como fenómeno colateral.


 


 


 

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