El invencible verano de Liliana
- Gris Cruz

- hace 1 día
- 5 min de lectura

Imagen cortesía Arqueles García
Monterrey, Nuevo León. Podemos encontrar de pronto historias que terminan cuando se cierra un libro o cuando cae el telón y hay otras que permanecen. Se quedan suspendidas en la memoria, incómodas y muchas veces dolorosas.
La adaptación escénica del texto de Cristina Rivera Garza, obra ganadora del Premio Pulitzer, llegó al Teatro de la Ciudad como parte del inicio de un festival que, más allá de inaugurar una celebración artística, terminó provocando aquello que solo el arte consigue con verdadera profundidad: reflexión.
Desde el inicio, el título parece abrir una puerta hacia múltiples significados. La palabra invencible podría parecer, a primera vista, una elección difícil de comprender frente a una historia atravesada por un homicidio, una ausencia irreparable y un duelo que después de más de tres décadas continúa respirándose. Sin embargo, mientras la historia avanza, la palabra adquiere otra dimensión. Liliana es invencible porque permanece.
Y junto a ella aparecen otras palabras que podrían intentar acercarnos a lo que sucede: imperdible, increíble, inaudito, indivisible, invisible. Es precisamente esta última la que provoca uno de los sentimientos más difíciles de sacudir: la certeza de que la justicia no pudo llevarse a cabo de este lado del cielo ante la monstruosidad de un crimen que arrancó demasiado pronto una vida y por años la dejó invisible.
Cecilia Suárez se enfrenta a esta adaptación con una entrega que conmueve. El reto no consiste únicamente en interpretar a una persona, sino en permitir que las voces, recuerdos, fragmentos y presencias que habitan el libro encuentren un cuerpo sobre el escenario. Durante la rueda de prensa, Suárez lo expresó con claridad: la verdadera protagonista es Liliana.
Y entonces Liliana aparece pero esta vez no como una víctima congelada en el instante de su muerte, sino como una joven de 20 años llena de vida. Culta, juguetona, libre, sonriente. Una mujer que soñaba con viajar, conocer el mundo, acercarse al mar y vivir todas esas posibilidades que la juventud coloca delante de nosotros como si el futuro fuera infinito.
Sus amigos la recuerdan. La recuerdan viva y también recuerdan al hombre oscuro al que ella permitió entrar en su vida.
Ahí comienza a sentirse con mayor fuerza el peso de esta historia.
Porque El invencible verano de Liliana no habla únicamente de una muerte. Habla de la vida que existía antes de ella, de las señales que quizá no fueron comprendidas, de las preguntas que quedaron suspendidas y de ese dolor devastador que acompaña a quienes sobreviven.
El duelo se convierte entonces en otro de los grandes protagonistas.
Un duelo impasible, persistente, que atraviesa las entrañas y deja sin aliento ante una imposibilidad elemental: volver el tiempo atrás.
¿Cómo ayudar a alguien cuando ya no existe la oportunidad?
¿Cómo responder las palabras que quedaron sin respuesta?
¿Cómo reconstruir una vida a partir de los recuerdos de quienes la amaron?
La obra se mueve precisamente en ese territorio donde recordar deja de ser solamente un acto de nostalgia y se transforma en una forma de resistencia y lo más increíb de todo es que Liliana es el nombre que sus amigos dieron a la libertad y quizá por eso resulta imposible permanecer indiferente frente a su historia.
Han pasado más de tres décadas y, sin embargo, el tema continúa presentándose cotidianamente, con otro rostro, otro nombre, en cualquier lugar del mundo y también en nuestro país. Los conceptos han cambiado, existen palabras que hoy permiten nombrar con mayor precisión determinadas conductas y formas de violencia; las nuevas generaciones tienen herramientas distintas para reconocerlas. Y aun así, los hechos deplorables continúan sucediendo.

Imagen cortesía Arqueles García
La obra obliga a mirar esa contradicción y también obliga a mirar a Liliana más allá de su tragedia.
Durante la rueda de prensa, Cecilia Suárez compartió que uno de los aspectos más fascinantes del proceso fue precisamente descubrirla. Descubrir a esa Liliana que no cabe dentro de la palabra víctima. A esa joven llena de energía, de alegría, de curiosidad y de sueños.
Esa imagen me llevó inevitablemente a pensar en El violín rojo, la película de François Girard de 1998, donde un objeto atraviesa épocas y océanos, pasando de mano en mano mientras conserva la esencia de aquello que alguna vez estuvo ligado a él.
La analogía resulta inevitable y, al mismo tiempo, hermosa.
Liliana sigue viajando y es capaz hoy en día de viajar de mano en mano, de memoria en memoria, de página en página, de escenario en escenario. Viaja cada vez que alguien abre el libro y decide conocerla. Viaja cada vez que una actriz pronuncia su nombre. Viaja cada vez que alguien escucha su historia y comprende que detrás de la cifra, de la estadística o del titular, existió una joven que quería vivir.
El Teatro de la Ciudad permaneció en silencio y no hizo falta una escenografía desbordante. Bastó la presencia de una gran actriz capaz de dejar su propia piel para convertirse en un vehículo de todas esas voces y devolvernos, aunque fuera durante unos instantes, el encuentro con aquella muchacha que soñaba con viajar, amar y conocer el mundo.
Imágenes cortesía Arqueles García
Al terminar, los aplausos se prolongaron durante minutos.
Cecilia Suárez los recibió brevemente y se retiró.
El gesto pareció resumir buena parte de la esencia de esta propuesta: el protagonismo no le pertenece a quien está sobre el escenario.
Le pertenece a Liliana.
A la historia.
A la memoria.
A todas las personas que todavía tienen algo que decir y, sobre todo, a aquellas cuya voz fue arrebatada demasiado pronto.

Imagen cortesía Arqueles García
Quienes estuvimos presentes salimos conmovidos y reflexivos. Algunos, con lágrimas que no pudieron detenerse. Otros, con el corazón estrujado ante la certeza de que siguen existiendo demasiadas Lilianas.
Y quizá ahí reside una de las responsabilidades más profundas del arte: no quedarse únicamente en la conmoción porque el teatro puede hacer conciencia, pero también puede empujarnos a la acción. Puede levantar la voz, nombrar lo que durante años permaneció invisible y recordarnos que la prevención también comienza cuando aprendemos a mirar.
Por eso la historia de Liliana continúa.
Por eso el libro permanece.
Por eso llega al escenario.
Porque la ironía más dolorosa es que un Premio Pulitzer contenga entre sus páginas los fragmentos de una vida que fue minada por la violencia. Pero quizá también exista en ello una forma de justicia: que aquella vida que quisieron apagar continúe iluminando.
Este jueves 20 de agosto comenzó un festival.
Pero sobre el escenario ocurrió algo mucho más profundo.
El arte consiguió detenernos.
Nos hizo recordar.
Nos hizo mirar a Liliana y sobre todo, nos hizo entender que recordar también puede ser una manera de mantener viva a una persona.
Liliana sigue viajando y mientras alguien abra el libro, mientras alguien escuche su historia, mientras una actriz vuelva a pronunciar su nombre y mientras nosotros decidamos no mirar hacia otro lado, su verano seguirá siendo invencible.

Imagen cortesía Arqueles García



















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