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Toloache en Colima, donde el barro susurra y brilla para darle vida a una artesanía del espíritu

  • Foto del escritor: Jaydee Turru
    Jaydee Turru
  • 1 oct 2025
  • 2 Min. de lectura

Entro al taller de Carla Velázquez y lo primero que siento es la tierra bajo mis dedos, el aroma húmedo del barro recién mojado, ese olor que invita a tocar, a descubrir, a dejarse sorprender. Carla me sonríe y me dice: “Esto empezó un domingo, jugando con el barro de Kala, en Comala. No buscábamos nada más que explorar nuevas sensaciones”. Y ahí está la magia: la curiosidad que se vuelve pasión, la pasión que se vuelve vida.


El taller Toloache es un pequeño universo de nueve manos que trabajan juntas. Tres jóvenes construyen su futuro mientras aprenden a escuchar al barro; Carla y su equipo guían, corrigen, inspiran. Cada pieza tiene un ritmo propio: el barro gruñido se pule con cuarzo hasta brillar, los poros se cierran, la cera de abeja lo protege y lo vuelve impermeable. Al tocarlo, se siente la historia que lleva dentro: útil y estético, simple y profundo.


La inspiración está por todos lados: en las montañas de Colima, en los ríos que atraviesan la tierra, en las tumbas de tiro donde los antiguos hacían ceremonias que hoy susurran secretos. Cada jarrito, jarrón o hitazo es un puente entre lo ancestral y lo contemporáneo, entre lo que fue y lo que puede ser.



Caminar por Toloache es caminar por un tiempo detenido, donde el barro habla y las manos escuchan. Y cuando las piezas salen del horno, no solo llevan forma: llevan cuidado, emoción, historia. Hay piezas que son únicas, de edición limitada, nacidas de un impulso creativo; otras mantienen la línea de siempre, fieles al estilo de Carla y a la tradición que respiran.


Sus obras se encuentran en Colima, Ciudad de México y en Instagram y Facebook como Toloache._ Cada una invita a tocar, a sentir, a asombrarse. Comprar aquí no es solo adquirir un objeto: es llevarte un pedazo de exploración, de barro vivo, de manos que jugaron un domingo y nunca dejaron de hacerlo.


Y mientras me despido, veo cómo el cuarzo roza la arcilla, cómo la cera brilla bajo la luz, y entiendo que en Toloache no solo se hace cerámica: se hace asombro.

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