Parte I Lisboa; el viaje que comenzó antes de llegar
- Jaydee Turru

- 15 ene
- 4 Min. de lectura

Elegir un road trip para disfrutar unas vacaciones largas es, para mí, una de las formas más honestas de viajar. Es la posibilidad de descubrir lugares que visitas por primera vez y de permitirte el lujo del asombro. No es algo nuevo: la humanidad lo ha hecho desde siempre.
Tal vez no sobre ruedas, pero sí sobre cualquier medio que nos llevara a conocer lo desconocido. Barco, avión, coche o a pie… la emoción no se diluye; al contrario, crece con cada kilómetro recorrido.
Esa emoción de descubrir lo soñado, esa curiosidad que alimenta el alma y no permite dejar de imaginar, es la que te impulsa a querer ver con tus propios ojos lo que antes solo existía en palabras o imágenes. Ninguna descripción se compara con la experiencia de pisar la tierra donde ocurren las historias, donde cada momento convierte al viaje en algo mágico, memorable e imposible de explicar del todo.

Todo comienza en casa. En la imaginación. Pensando con quién viajarás, a dónde irán y por cuánto tiempo. A veces toma meses, incluso un año, pero lo verdaderamente importante es atreverte a hacerlo realidad.
Claro, cada país tiene reglas, restricciones y beneficios —como el tax free— que conviene conocer. Pero dejemos eso a un lado por un momento y vayamos a lo que verdaderamente importa: aquello que encuentras en el camino y que, en mi road trip por España y Portugal, me dejó literalmente con la boca abierta.
No podría describir una ciudad tan generosa en una sola crónica; necesitaría un libro entero. Hoy solo quiero recordarte algo esencial: el viaje empieza en la cabeza y en el corazón, en esas ganas profundas de vivir experiencias fuera de tu lugar de origen y de dejar que te transformen para siempre.
Lisboa fue el destino sorpresa del itinerario. Siempre que viajo me gusta sumar países, y en esta ocasión Portugal se unió naturalmente a España. La cercanía y la facilidad de moverte por la Unión Europea hacen que las carreteras se conecten como si el camino también quisiera compartir destinos contigo.
Si eres un viajero observador, notarás casi de inmediato cuando cruzas de un país a otro. Es como entrar a una nueva película: cambian los colores, los paisajes, incluso el clima. Tal vez sea la emoción la que lo magnifica, pero cuando lo vivas lo entenderás… y me lo contarás después.
Lisboa, capital costera de Portugal, coquetea constantemente con el río Tajo. Es una ciudad que se saborea. Su ingrediente estrella, el bacalao à brás, se reinventa en múltiples versiones que reflejan la creatividad y la tradición de la cocina lisboeta. Probarlo en alguno de sus restaurantes tradicionales, rodeado de plazas encantadoras, es una experiencia obligada.

Después de comer, el itinerario continúa a pie. Caminar Lisboa es descubrirla. Entre calles y miradores aparecen tiendas de cerámica, una de las grandes pasiones de la ciudad. Azulejos que decoran edificios, banquetas y fachadas, convirtiendo cada esquina en una postal. Incluso cuentan con un museo dedicado a esta expresión artística que narra su historia con orgullo.
En lo alto de una de sus colinas más emblemáticas se alza el Castillo de San Jorge, testigo silencioso de la historia de Lisboa. De origen romano y fortificado por los árabes en el siglo XI, fue residencia real en la Edad Media y pieza clave durante la Reconquista cristiana. Hoy, sus murallas regalan algunas de las vistas más impresionantes del río Tajo y los barrios históricos: una forma perfecta de entender el alma de la ciudad desde las alturas.
Otro de los íconos imperdibles es la Torre de Belém, símbolo absoluto de la Era de los Descubrimientos. Construida en el siglo XVI, servía como fortaleza defensiva y punto de partida simbólico para los navegantes portugueses. Su arquitectura manuelina, cargada de detalles marítimos, habla del poder naval y la expansión del imperio.

Un dato poco conocido es que la Torre de Belém no siempre estuvo junto a la orilla. En sus inicios se encontraba en medio del río, sobre un pequeño islote, funcionando como un auténtico control naval. Con el paso del tiempo y los cambios en el cauce del Tajo —especialmente tras el terremoto de 1755— quedó unida a tierra firme, como la vemos hoy.
Finalmente, la Plaza del Comercio se abre majestuosa frente al río. Durante siglos fue la puerta de entrada a Portugal. Tras el devastador terremoto, se reconstruyó como símbolo del renacer de Lisboa, flanqueada por edificios porticados, el Arco da Rua Augusta y la estatua del rey José I. Hoy es un espacio donde historia, vida urbana y paisaje conviven con naturalidad.
Podríamos seguir detallando cada rincón, pero lo verdaderamente importante es esto: dejarte con ganas de conocerlos, de descubrir por ti mismo esos detalles extraordinarios que solo se revelan cuando viajas con los sentidos despiertos y el corazón abierto.
Porque al final, viajar no es solo llegar… es sentir.


















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