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Teotihuacán en bici: rodar sobre la ciudad donde los hombres se volvieron dioses

  • Foto del escritor: Jaydee Turru
    Jaydee Turru
  • hace 1 hora
  • 3 Min. de lectura
Foto: Passpartout en recorrido
Foto: Passpartout en recorrido

Hay destinos que se visitan y, hay destinos que se escuchan. Recorrer Teotihuacán en bicicleta no es solo una experiencia turística; es una conversación con el tiempo. Cada pedaleada atraviesa siglos de historia, migraciones, poder, espiritualidad y misterio.


Porque antes de ser el sitio arqueológico más visitado de México, fue una ciudad viva. Una metrópoli que, en su apogeo (entre los siglos I y VI d.C.), concentró a más de 100 mil habitantes, convirtiéndose en una de las urbes más grandes del mundo antiguo.


La ciudad que cambió de nombre


Curiosamente, Teotihuacán no se llamaba así. El nombre con el que hoy la conocemos fue otorgado siglos después por los mexicas, quienes al encontrar sus imponentes estructuras la bautizaron como “el lugar donde los hombres se convierten en dioses” o “la ciudad de los dioses”. Para ellos, aquellas pirámides solo podían haber sido obra divina. El nombre original se ha perdido y, ese misterio es parte de su magnetismo.


Un crisol de culturas y etnias


Teotihuacán no fue una ciudad homogénea, fue un centro multicultural. Las investigaciones arqueológicas revelan barrios donde habitaron zapotecos, mayas, pueblos del Golfo y grupos del occidente mesoamericano. Era un nodo comercial y cultural que conectaba obsidiana, cacao, plumas, jade e ideas.


Andar (que en realidad era un gran espejo de agua que se alimentaba del agua que bajaba de la montaña hacia la Ciudad de México por eso su inclinación), por la Calzada de los Muertos permite dimensionar esa diversidad. No era solo un centro ceremonial; era una ciudad planificada con barrios, talleres, mercados y complejos residenciales.


¿Para quién se construyeron las pirámides?


Las monumentales estructuras —como la Pirámide del Sol y la Pirámide de la Luna— no fueron edificadas para entierros reales, como ocurrió en otras culturas mesoamericanas.

Fueron centros rituales vinculados al orden cósmico.


Su orientación responde a fenómenos astronómicos, alineaciones solares y simbolismos asociados al agua, la fertilidad y el ciclo agrícola. La ciudad fue diseñada como una representación del universo: el cielo, la tierra y el inframundo dialogando en piedra.


El sincretismo que resguardan es profundo. Elementos naturales convertidos en deidades, montañas artificiales que replican el paisaje sagrado, y una cosmovisión donde lo humano y lo divino no estaban separados.


Foto: Passpartout en recorrido
Foto: Passpartout en recorrido

El campamento de soldados y sacerdotes


Durante el recorrido en bicicleta no solo se visitan las grandes pirámides. También se atraviesan basamentos y complejos que hablan de la estructura social y política de la ciudad.


Se observan espacios que funcionaron como centros administrativos, áreas residenciales de élite y lo que se ha interpretado como zonas vinculadas a órdenes militares y sacerdotales.


La ciudad no era improvisada; estaba organizada bajo un sistema de poder sofisticado, donde religión y gobierno caminaban juntos.


Pedalear entre esos vestigios permite imaginar la vida cotidiana: guerreros entrenando, sacerdotes oficiando rituales, comerciantes intercambiando mercancías.


La caída en decadencia


Como muchas grandes civilizaciones, Teotihuacán no fue eterna. Hacia el siglo VII comenzó un proceso de declive. Las teorías apuntan a conflictos internos, crisis ambientales, agotamiento de recursos o rebeliones sociales.


Evidencias arqueológicas muestran incendios deliberados en sectores de élite, lo que sugiere tensiones internas más que una invasión externa. La ciudad fue abandonada gradualmente pero, nunca olvidada.


Pedalear la historia


Visitar Teotihuacán en bicicleta cambia la perspectiva. El cuerpo entiende la escala. La distancia entre la Pirámide del Sol y la de la Luna ya no es un dato; es un trayecto que se siente y que pronto podrás revivir desde sus alturas.


El viento sobre la Calzada de los Muertos, el silencio que se impone entre basamentos y la narración de los guías convierten el recorrido en una experiencia inmersiva. No es solo turismo arqueológico, es memoria activa.


Porque Teotihuacán no es ruina, es testimonio, es la prueba de que México ha sido, desde hace milenios, un territorio de encuentro, de ingeniería monumental y de profunda espiritualidad.


Y recorrerla en bicicleta es, quizá, la forma más honesta de entenderla: paso a paso, piedra a piedra, historia tras historia.

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