Janitzio, entre las luces de la memoria y el peso de nuestras visitas

hace 5 horas
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La noche del 1 de noviembre tiene una manera muy particular de habitar Janitzio. Las luces, las flores, las ofrendas y el movimiento de las personas dibujan una escena que parece suspendida entre el recuerdo y el presente. Pero la verdadera esencia de esta celebración no está únicamente en lo que alcanza a mirar el visitante, sino en aquello que las familias guardan, preparan y comparten desde mucho antes de que lleguen las primeras embarcaci
ones.
Esta vez, nuestra experiencia fue distinta. Nos acercamos a la isla desde el turismo comunitario y tuvimos la fortuna de alojarnos en casa de uno de sus habitantes. Y cuando uno deja de ser solamente espectador para compartir, aunque sea por unos días, el espacio cotidiano de quienes viven ahí, el viaje adquiere otra profundidad.

La tradición del Día de Muertos en Michoacán es un universo de expresiones. Cada comunidad le imprime su propio acento; cada grupo familiar conserva gestos, sabores, tiempos y formas de honrar a quienes ya no están. No existe una sola manera de recordar. Hay símbolos compartidos, sí, pero también particularidades que merecen respeto, porque en ellas se reconoce la identidad de cada pueblo.
En Janitzio, la celebración convoca miradas de todas partes. Sin embargo, detrás de la imagen que tantas veces hemos visto, existe una vida que continúa cuando las cámaras se apagan: hogares, trabajo, costumbres, preocupaciones y sueños.
Nuestro anfitrión Tata Juan de la Cruz, además de abrirnos las puertas de su casa, nos compartió un proyecto que habla precisamente de ese deseo de preservar. Está impulsando la creación de un museo para que las personas conozcan y valoren la manera de vivir de su comunidad. Una iniciativa que merece atención, porque conservar una tradición no consiste solamente en exhibir sus objetos o reproducir su imagen, sino en permitir que sus protagonistas cuenten su historia con su propia voz.
Cuando el turismo también deja huella

Pero viajar tiene sus contrastes. La belleza de Janitzio convive, durante estas fechas, con una afluencia extraordinaria de visitantes. Las calles y los espacios se llenan hasta tal punto que, por momentos, la experiencia pierde su ritmo y se vuelve difícil detenerse, observar o simplemente disfrutar el lugar. Lo que uno imagina como un encuentro íntimo con la tradición puede convertirse en un recorrido entre multitudes, prisas y empujones.
También vimos algo que entristece: basura dejada por personas que parecen olvidar que están de visita en el hogar de alguien más. Residuos que permanecen en los espacios compartidos y que terminan formando parte de una carga que la comunidad no tendría por qué asumir sola.
Es una contradicción que vale la pena mirar de frente. Buscamos destinos auténticos, paisajes extraordinarios y tradiciones vivas, pero algunas veces nuestra presencia termina deteriorando aquello que nos llevó hasta ahí.
El turismo comunitario nos recuerda que el viaje puede construirse desde otro lugar: escuchando, consumiendo localmente, respetando los espacios, reconociendo el trabajo de quienes nos reciben y comprendiendo que una comunidad no es un escenario dispuesto para nuestra fotografía.
Volver a mirar con respeto

Janitzio merece ser vivido sin la urgencia de querer abarcarlo todo. Quizá la mejor manera de acercarse a su celebración sea aceptar que no todo nos pertenece, que hay momentos que no necesitan una cámara y que el respeto también es una forma de admiración.
Me quedo con la generosidad de nuestro anfitrión, con su deseo de contar la historia de su gente y con esa certeza de que las tradiciones permanecen porque alguien las cuida todos los días, no solamente una noche al año.
El Día de Muertos nos enseña a recordar. Ojalá el viaje también nos enseñe a agradecer: por la casa que nos abre sus puertas, por la historia que alguien decide compartir y por la oportunidad de conocer un lugar sin convertir nuestra visita en una carga.
Porque viajar bonito no es solamente llegar a un destino y maravillarse. Es procurar que, cuando nos marchemos, ese lugar conserve intactas las razones por las que nos enamoramos de él.




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